jueves, 27 de abril de 2017
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EL DISCURSO INDEPENDENTISTA CONTRA EL ESPIRITU DE LA TRANSICIÓN Imprimir E-Mail

Artículo de Abel Cádiz

En el actual debate que provoca la convocatoria del 27-9, dada la inquietante amenaza de declaración independentista si triunfa la coalición Junts pel Sí, se apela a la cordura con argumentos políticamente correctos, es decir, tratando de no herir moralmente a quienes vienen ignorando las leyes en las que se sustenta la convivencia social que hemos conquistado desde nuestra Transición a la democracia. Quieren decidir sobre lo que afecta a todos los españoles, negándonos el derecho a participar en esa decisión. Recientemente argüía yo ante un moderado catalán que participó en un coloquio organizado por la Asociación para la Defensa de los Valores de la Transición que mi sentimiento por España, incluye los rasgos diferenciadores entre sus partes, uno de ellos era mi sincera admiración por Cataluña. Resulta empero que soy castellano-manchego. ¿Me quita tal condición el derecho a querer a Cataluña como parte esencial de España, por cuanto sin ella tanto España como Cataluña dejan de ser lo que son?

Desde el oportuno llamamiento “A LOS CATALANES” que un reaparecido Felipe González ha publicado en El País, a otros análisis de Savater, Santos Julia, Miguel Ángel Aguilar incluyendo el que desmonta la gran mentira España nos roba con el dato incontestable de los números (“Las cuentas y los cuentos de la independencia” de J.Borrell y J. Llorach) ninguno ha hecho una mínima mención a otra motivación más obscena que el discurso independentista ha logrado inocular en el inconsciente colectivo de sus seguidores: seriamos más ricos si fuéramos independientes, no tendríamos que dar nada a nadie, la desigualdad se establecería a nuestro favor (pues sabido es que nadie quiere igualarse con los de más abajo). Seriamos, en fin, el país de Jauja. Naturalmente el envolvente tiene matices menos burdos: que si no respetan nuestra identidad, que si no nos comprenden. Otro articulo del Director de El Mundo, David Jiménez, denuncia la falacia que pretende con su juego de patriotas, para tratar de convencernos de que no hay otra solución entre Cataluña y España que la ruptura. Esto nos hace recordar la advertencia del clásico ¡Cuanto canalla se ha escondido detrás de la palabra Patria!

Seguramente será escaso el efecto que, sobre los votantes independentistas, tiene la corrupción, otra vez investigada por un Juez independiente (y no por el Gobierno como Mas lamenta en su plan victimista de siempre) sobre el ya famoso 3% de mordida obligada para cualquier empresa que trabajase bajo la influencia del Partido. Lo denunció abiertamente Maragall en sesión parlamentaria y prefirió recoger velas ante la ira de la poderosa CIU de entonces. Sorprende que los catalanes que van a votar por una independencia gestionada por estas élites políticas no piensen en ello. Si yo estuviera en su lugar el 27-S pensaría que si hay algo peor que salir de España y de Europa es tener que sufrir un Gobierno como el que resultaría de la lista Junts pel Sí.

Sabemos por Hannah Arendt que los hechos y las opiniones no deben confundirse; pero muchas opiniones se inspiran en valores distintos, a veces contrapuestos, frecuentemente apasionados. Aceptemos, pues, que las interpretaciones de un hecho sean legítimamente diferentes pero lo esencial, al menos, es que respeten la verdad y el independentismo la falsea en todos los aspectos. Solo se sustenta en lo emocional a base de construir un mito para el que se han invertido recursos económicos cuantiosos que podrían haber tenido mejor destino. O es que ha sido gratuito el plan sistematizado que ha conjuntado las actuaciones de los medios subvencionados, la radio y la televisión sostenida con los impuestos, los libros editados… Todo ello hasta culminar con el artificial montaje de la leyenda España contra Cataluña. En definitiva, lo que Hanna Arendt nos dejó escrito en Los orígenes del totalitarismo se repite: para el independentismo no importa la verdad. Tal vez porque las élites políticas que vienen construyendo este falso relato, son conscientes de la manipulación que con éxito han logrado sobre su grey, lo que más les ha dolido del artículo de Felipe González es una alusión bien ligera por cierto a lo que ocurrió en Alemania e Italia pocos años antes de la Guerra Mundial con los totalitarismos. Lo que eso muestra es que Felipe Gonzalez uno de los protagonistas de lka Transición ha sabido dar en la diana.

Pero con todo lo dicho y escrito, tampoco se alude a la trastienda que esconde el discurso independentista; ni los partidos del sistema ni los nuevos redentores sociales de Podemos que han logrado romper el statu quo bipartidista. Precisemos el significado al calificar como obsceno lo que ofende al pudor social. Eso es lo que hay que desenmascarar de las élites políticas independentistas pues, como nos enseñó Norberto Bobbio, lo que mueve a Convergencia y a Ezquerra es una lucha por la supremacía que lograría su fin último cuando alcanzan un grado superior en el poder. Tarradellas consideró que la Transición devolvió a Cataluña su personalidad histórica. Las élites actuales quieren un grado superior de poder con la independencia. Para ello, en su hoja de ruta, han elegido cuidadosamente las palabras: nuestra identidad, nuestra cultura, nuestras diferencias y, como colofón subliminal: nuestra excepcional desigualdad respecto a los que sí son iguales en otra escala inferior. Cabe un último apunte lamentando la considerable tibieza con la que la izquierda española y los emergentes más radicales de su espectro ideológico asisten a la oculta obscenidad social del discurso independentista.

Abel Cádiz

 
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