jueves, 27 de abril de 2017
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TARRADELLAS Imprimir E-Mail

       Era un hombre alto. Los brazos le colgaban de sus hombros poderosos. Entraba y salía de la salita donde charlábamos, llamado por el repiquetear del teléfono situado en el hall. Irradiaba dignidad, paz, deseo de concordia, entendimiento. Tenía el poso de una larga historia vivida cargada de guerras, de desencuentros, de paces imposible y quería romper el círculo infernal de sus recuerdos.

        En San Martín le Beau se soñaba. Se quería, se buscaba. Cuando le dije que yo era muy catalán me preguntó que de donde era y cuando le contesté que de Almería se reía a carcajadas. De Almería y catalán, como Manolo Escobar, que era paisano mío del Ejido o de Benidorm después, que eso es ser español, serlo de todas partes sin romper con ninguna.

       Él amaba a Cataluña. Tenía vivo el desgarro de la guerra civil y no quería repetir la historia. Soñaba con el paisaje sereno de sus valles y sus montañas. Soñaba con volver y unir a sus catalanes sin provocar ninguna ruptura. Porque su propósito era unir, soldar, restañar viejas heridas y convertir el desencuentro en gozoso encuentro. Buscar la paz como la buscaba Raimon “al Vent”, al viento del mundo.

     Tenaz, obstinado ¿Qué más? Quería el encuentro y daba a mi persona el trato de un arcángel San Gabriel que no me correspondía. Debió estar muy solo en sus ensoñaciones y un día estaba yo ante él, sentados ambos junto a una mesa de camilla, en aquella habitación desangelada, sin más adorno que una gran librería llena de ediciones baratas. Hablábamos de paz, de libertad, de Cataluña y de España, que es como hablar de una misma cosa.

      No, no discutía nada. Le dolía la Historia y no quería repetirla. Quería el encuentro, la unión, compartir la vida común como compartíamos nosotros la tarde, cada uno en su pequeña butaca, ante una sola y humilde mesa de camilla.

      Evocó sus recuerdos de Octubre de 1934; el tremendo error de Companys de unirse a la huelga revolucionaria. Las paces y las uniones son gozosas; las rupturas siempre duelen, desgarran, dejan heridas abiertas que tardan en cicatrizar. Y él quería la paz de todos, que sería también la paz suya y de los suyos, que sería así la paz nuestra, sin distinción entre unos y otros. Aceptaba y se sumaba a los pasos recorridos por aquella transición incipiente: La monarquía como institución común compartida; al Rey como árbitro supremo; al Presidente Suárez como jefe del gobierno de una España que englobaba a su amada Cataluña. Volver y poder gritar: “Ja soc aquí!” Lo hizo. Sin ruptura, sin desgarro, ante una España expectante de la que formaba parte una Cataluña alborozada.

       Valió la pena haber vivido aquel esfuerzo de síntesis que soñamos fuera el final de desencuentros. Ser de la parte y del todo, ser catalán y español y, si Vds me dejan, no dejar de ser también de Almería. Estoy hundido en aquellos recuerdos mientras pasan ante mí los sucesos de estos tiempos. ¿Por qué? Se agiganta la figura de aquel coloso que acertó en unir a su camino el de los catalanes y el del resto de los españoles que también amábamos a su tierra y a sus gentes. Romper es siempre doloroso; unir es el máximo de los gozos ¿No sirve para algo la historia vivida? Los difíciles desenlaces, las incertidumbres, me pesan y me acongojan. Vivamos en paz los unos con los otros, estoy seguro de que ese fue el gran deseo de aquel gran hombre. Recordemos: No hay camino, se hace camino al andar.

Andrés Cassinello Pérez

 

 
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